Mié. Oct 21st, 2020

Zona Oculta Magazine

Todo lo que debes saber

Pasear por el bosque cura, y no es cuento

Al parecer la atmosfera del bosque está cargada de fitoncidios, que segregan los árboles para protegerse y tienen propiedades sanadoras para nuestro organismo

La sensación de plenitud que sentí en el bosque me acompañó, no solo durante todo el camino de vuelta, sino durante varios días más

El bosque nos acogió, nos atendió; hizo que recuperásemos no ya el calor sino el aliento, el vigor, el ánimo; nos curó

Cuando padecemos alguna molestia o nos sentimos enfermos debemos acudir a la consulta del médico y seguir el tratamiento que nos indique. Señalo esto porque, pese a ser un gran amante de la naturaleza y reconocer su capacidad para sanar el cuerpo y la mente, defiendo a la ciencia y la medicina frente a cualquier terapia natural alternativa.

Ahora bien, subrayado este aspecto, debo confesar al lector que a lo largo de mi vida como naturalista he experimentado en numerosas ocasiones el poder sanador del contacto directo con el entorno natural: esa capacidad que tiene la naturaleza para aliviar las dolencias, no solo del alma sino del organismo.

Una experiencia que he vuelto a vivir en la primera salida al monte del año, el mismo día uno de enero a primerísima hora, y que quiero compartir aquí por si a alguien le puede interesar y, en el caso de que también lo haya experimentado, le apetezca añadir a los comentarios. Esta es la crónica.

El año arranca con una mañana helada en el valle pirenaico de la Cerdanya. El termómetro marca desde la tarde anterior temperaturas bajo cero. Mi amigo Jordi y yo salimos del refugio de El Serrat de Les Esposes hacia el bosque de abetos monumentales de las Bagues de Riu de Cerdanya, situado en la parte alta del extremo oriental del Parque Natural del Cadí i Moixeró.

Se trata de uno de los abetales más viejos de la península, una arboleda relicta y perfectamente conservada en la que se hallan varios ejemplares de abeto (Abies alba) de grandes dimensiones, algunos con más de dos siglos y catalogados como árboles monumentales.

La pista forestal discurre junto a un arroyo helado. Aunque es un camino de tierra, el suelo está duro como la piedra y en muchos tramos aparece barnizado por el hielo, lo que dificulta el andar y torna peligroso el recorrido.

Lo cierto es que el entorno, apenas nevado pero completamente helado, es espectacular, pero transitarlo no resulta agradable. Pese al alto ritmo de la marcha y a ir bien equipados, las bajas temperaturas (no sé a cuanto pero estamos a mucho bajo cero) hacen que el cuerpo tienda a apretarse y entumecerse. Duele moverse. El hipotálamo trabaja a pleno ritmo para llevar calor a todas partes y la sensación de incomodidad va en aumento.

Hasta que abandonamos la pista y nos adentramos en el interior del bosque. Entonces todo cambia. Estamos la misma altura: es más, el sendero forestal se hace mucho más empinado y estrecho. Pero el camino se torna mucho más agradable.

De pronto nos envuelve una reconfortante sensación de placer. Lo comentamos sorprendidos porque el cambio es ciertamente destacable: “qué fuerte -digo- parece como si hubiéramos llegado a casa y alguien nos hubiera abierto la puerta para entrar”.

A muchos lectores todo esto les podrá resultar un tanto esotérico, pero les aseguro que no me considero especialmente “creyente” al respecto. Por el contrario se trata de una experiencia real: el bosque nos acogió, nos atendió; hizo que recuperásemos no ya el calor sino el aliento, el vigor, el ánimo. En definitiva y sin necesidad de acudir a otra palabra: nos curó.

Al poco de transitar bajo los árboles, llegados a un claro del bosque, descubrimos una placa con un subyugante título: “El abetal terapéutico”. Y lo que en ella leí me ayudó a interpretar lo que estaba experimentando.

Aquel breve texto me recordó rápidamente la entrevista al Dr. Qing Li que leí hace unos años en La Vanguardia. Este famoso doctor, inmunólogo y director de la Sociedad Japonesa de Medicina Forestal, explicaba como la terapia natural conocida en Japón como “Shinrin-Yoku” (baños de bosque) contribuye de manera eficaz a combatir el estrés, considerado por la OMS como la gran epidemia del siglo XXI.

Tras doctorarse en Japón, el profesor Qing desarrolló su actividad investigadora en la Universidad de Stanford (California) y regresó al país asiático para poner en marcha una nueva disciplina asistencial: la medicina inmunitaria medioambiental, basada en los efectos terapéuticos del Shinrin-Yoku en nuestro organismo.

Desde entonces los baños de bosque forman parte del programa nacional de salud del gobierno japonés y se recetan como tratamiento en clínicas y hospitales.

Existe una base científica. Al parecer la atmósfera interior del bosque está cargada de sustancias químicas de origen natural que, como en el caso de los fitoncidios, segregan los árboles para protegerse de las plagas. Y como han demostrado algunos estudios científicos, dichas sustancias tienen propiedades sanadoras para nuestro organismo.

Les puedo asegurar que la experiencia que acabo de relatarles fue auténtica, y que la sensación de plenitud que sentí en el bosque me acompañó, no solo durante todo el camino de vuelta, sino durante varios días más. Incluso creo haber escrito estas líneas bajo su influjo. Un motivo más para continuar reclamando desde este rincón del diario el cuidado de los bosques y la conservación de la naturaleza. Feliz año.

Fuente: https://www.eldiario.es/zonacritica/Pasear-bosque-cura-cuento_6_981011897.html

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