Jue. Jul 16th, 2020

Zona Oculta Magazine

Todo lo que debes saber

Así fue la última gran pandemia: la ‘gripe española’ de 1918

  • La llamaron “gripe española” pero lo trajeron hace un siglo los soldados estadounidenses
  • Las autoridades recomendaban mucha limpieza, paseos y aire limpio contra el microbio
  • Se cerraron colegios y se mantuvieron teatros, fiestas, procesiones y corridas de toros

Imprevisión, estulticia y manga ancha. Ese fue el comportamiento, hace un siglo, del Gobierno español ante el virus que mató a 200.000 personas en nuestro país (el 1% de la población) y acabó con la vida de 50 millones de humanos en todo el mundo entre 1918 y 1920. Fue “la gran pandemia”. Le llamaron “gripe española” porque sólo los periódicos españoles hablaban de la maldita epidemia mientras la prensa europea y norteamericana se hallaban sometidas a una férrea censura de guerra y entonces, como ahora, lo que no se menciona no existe.

Algunas recomendaciones de las autoridades se parecen a las difundidas ahora ante la plaga del “coronavirus”. Contradicen otras la reclusión doméstica decretada ahora. Revelan algunas la descoordinación de la casa de Tocameroque. Y rayan otras la ocurrencia ante la penuria de medios sanitarios y la alarma de la población. Por supuesto, ni el rey Alfonso XIII, que pilló el virus estando de asueto en San Sebastián, ni el ministro de Estado (Asuntos Exteriores), Eduardo Dato, que acudió a visitarle, alzaron la voz en defensa del buen nombre de España frente al apodo de “gripe española”, aunque sabían que el microbio había aparecido a finales de 1917 y atacado a los soldados de catorce campamentos estadounidenses antes de ser reconocido como patógeno muy mortífero y mutante en un cuartel de Kansas (Fort Riley) en marzo de 1918.

En vez de cancelar los envíos de soldados a combatir en la Primera Guerra Mundial, el presidente estadounidense Woodrow Wilson y su jefe de estado mayor, general Peyton C. March, decidieron seguir suministrando soldados e infectando Europa. Muchos llegaban enfermos. Otros no llegaban: morían en los barcos. Y los que llegaban, infectaban a los demás. Los combatientes norteamericanos (canadienses y estadounidenses) superaban el millón y medio en el viejo continente. Pero tampoco un microbio desconocido iba a modificar sus planes bélicos, y menos con los furibundos germanos y sus aliados del tormentoso Imperio Austrohúgaro a punto de capitular. Así que una férrea censura fue el antídoto elegido.

Pero en la neutral España aquel remedio carecía de eficacia. Y la prensa, sin bozal ni mascarilla, reflejaba la alarma de la población sobre la expansión del virus que, según se supo después, ya atacaba a los franceses, británicos, portugueses, italianos y alemanes. Aquí la epidemia comenzó a revelarse con crudeza en septiembre de 1918 y no solo afectó al rey (levemente, eso sí) sino a la familia del jefe del Gobierno, el conservador Antonio Maura, quien se desplazó urgentemente a Solares (Cantabria) ante el riesgo de muerte de su hija.

Gripe (El Globo 1018) 

El Globo se preguntaba el 1 de octubre en primera plana: “¿Qué precauciones se toman en Madrid? Las noticias que se reciben de provincias confirman un recrudecimiento de la epidemia, extendida en forma tan considerable que empieza a preocupar al Gobierno, y es de desear preocupe a las autoridades locales, que son las que, en colaboración con el Cuerpo médico, tienen en sus manos el medio de atajar el mal, aislándolo donde ya existe y evitando el contagio donde aún se ven libres de aquél. En Madrid, donde los casos de invasión se habían limitado a los cuarteles, van señalándose algunos en el vecindario; no sabemos que hasta ahora se haya tomado una medida preventiva”.

Tenía razón el cronista al llamar la atención de las autoridades locales ya que el país carecía de una red sanitaria pública y ni siquiera ministro de Sanidad había en el Gobierno de Maura. “De San Sebastián y otros puntos del Norte, donde tan extendida está la epidemia –decía el periódico fundado por Emilio Castelar–, llegan los trenes abarrotados de viajeros, sin que hayan estos sufrido las medidas de desinfección indispensables”. Atribuía a las denuncias del colega ABC la decisión del ministro de Gobernación, Manuel García Prieto, marqués de Alhucemas, de ponerse en movimiento y adoptar algunas medidas.

Dado que el movimiento se demuestra andando, el ministro se desplazó a Medina del Campo y a Pozal de las Gallinas, localidades vallisoletanas muy afectada por la epidemia. Sobre el terreno y acompañado del inspector general de sanidad, García Prieto dictó algunas disposiciones. La primera circular decía: “Hacen falta médicos” y prometía “remunerar debidamente” a los facultativos que se presenten. El subsecretario de Gobernación pedía socorro al presidente del Colegio Médico, al decano de la Facultad de Medicina y rogaba a los periodistas que hicieran llegar el llamamiento a la “clase médica”. La segunda medida era la orden a los inspectores de sanidad y vigilancia, jefes de seguridad y Guardia Civil de las localidades fronterizas de no permitir el paso de personas procedentes de lugares donde se sepa o se sospeche la existencia de la epidemia.  Y la tercera consistía en pedir a los gobernadores que exigieran a los alcaldes medidas profilácticas. “El Gobierno está dispuesto a proporcionar tiendas (de campaña), material sanitario, jergones, alimentación y recursos pecuniarios para las clases indigentes”, añadía.

No se decretó el aislamiento de la población, pero sí el control sanitario de las fronteras. El Imparcial informaba el 1 de octubre del “acordonamiento sanitario” de la frontera con Portugal. Se refería a los controles en los pasos fronterizos de Salamanca y Badajoz que solo dejaban pasar a los españoles de vuelta. El mismo día, El Liberal titulaba en primera plana: “La epidemia adquiere un desarrollo alarmante”. Y El Heraldo de Madrid inauguraba una sección, “la gripe”, para ofrecer telegráficamente las noticias que recibía de los cuatro puntos cardinales.

Allí se leía: “Tortosa.– A consecuencia de la epidemia reinante han fallecido don Alfredo Caminals, procurador de los tribunales y su esposa Dolores Biernas, hija del propietario del Diario de Tortosa, Francisco Biernas, trascurriendo solo una hora entre uno y otro fallecimiento. En el batallón de Almansa hay 30 atacados y han fallecido 13. Aumenta la alarma del vecindario. Valencia.– Se extiende la epidemia gripal por los pueblos de la provincia, entre ellos Chera, Luceite, Picasent, Ribarroja. Han fallecido de gripe tres soldados. Huesca.– La epidemia gripal se propaga a los pueblos hasta hoy no invadidos. En la frontera francesa se ha instalado una estación sanitaria, adoptándose toda clase de precauciones con los obreros españoles que regresan. Zaragoza.– Se reciben noticias de haberse intensificado la epidemia en los pueblos de la provincia. En Ateca hay 700 atacados y se pide envíen elementos para atenderlos. Ha celebrado sesión la junta provincial de sanidad para tratar de la epidemia reinante, habiendo acordado, en vista de que en la capital no se ha registrado ningún caso, no aplazar las fiestas del Pilar”.

Algunas notas eran contradictorias: “Alicante.– La gripe se sigue desenvolviendo en esta capital con caracteres benignos. Se han registrado algunas defunciones”. Otras reflejaban mejor la situación. “Oviedo.– En el Gobierno civil se celebró una reunión para adoptar medidas contra la gripe y se acordó establecer un hospital, ofreciendo el obispo los edificios del seminario; las camas las facilitará el Gobierno”. Y en otras aparecía la expresión “casos aislados”, tan repetida en nuestros días para referirse a la corrupción. “Bilbao.– En vista de los alarmantes rumores de epidemia de gripe, la Inspección de Sanidad ha publicado una carta para tranquilidad del vecindario en la que se dice que en Bilbao la situación es buena y los casos ocurridos son aislados. Se han adoptado oportunas medidas para que en aquellos pueblos donde se extiende más la epidemia sean cumplidas con rigurosa seriedad por parte de las autoridades”.

La Correspondencia publicaba: “Telegrafían de Badajoz que se reciben se reciben noticias alarmantes del estado sanitario en Portugal. En la zona de Melilla y en Tánger se ha presentado con gran intensidad la epidemia gripal. En Valencia se ha recrudecido, y sigue su difusión por los pueblos de la provincia. En toda la frontera portuguesa se extreman las precauciones sanitarias”. El decano de la prensa madrileña denunciaba el 30 de septiembre la presencia en las calles de Madrid de “portugueses andrajosos, cargados con sus petates, que van de paso a su país”. Portugal enviaba tropas al frente centroeuropeo. Y El Globo aprovechaba la nota para añadir: “Con lo cual queda desmentida nota oficial con la que pretendían hacernos creer que los portugueses transitaban por España en trenes especiales y en riguroso aislamiento”.

Las medidas de contención de aquel virus contra el que no había medicamentos (la vacuna se consiguió en los años cuarenta) fueron escasas y se vieron desbordadas. “Nos agradaría saber si entre las medidas adoptadas por el Gobierno para evitar que las invasiones epidémicas continúen entrando por las fronteras se halla la de desinfectar la correspondencia que llega del extranjero”, se preguntaba El Globo. No era la única pregunta en aquellos primeros días de octubre de 1918. “¿Qué han dispuesto las autoridades sanitarias, el gobernador y el alcalde? ¿Se desinfectan y airean de función a función los locales de espectáculos? ¿Se practica una desinfección en los cafés, en los tranvías, etc.? ¿Se ha calculado el personal necesario para servicios extraordinarios del cuerpo médico municipal?” Después de otras consideraciones, el rotativo concluía: “Con este sistema y con estas autoridades no es extraño que las epidemias se propaguen; lo extraño es que quede alguien que pueda comentar”.

¿Cuáles eran las explicaciones y recomendaciones de las autoridades ante aquella epidemia? El Liberal publicaba las conclusiones de la Junta de Sanidad que le remitía José Call. “La gripe es enfermedad conocida de remotos tiempos, aunque bajo distintas denominaciones. Es epidémica, contagiosa, microbiana, que se localiza con preferencia en el aparato respiratorio, aun cuando puede atacar a otros órganos”, decía el inspector Call antes de referirse a los síntomas febriles y otros similares al del coronavirus que nos aqueja. “Ataca con preferencia a las personas débiles y fija su residencia en los órganos ya castigados. Por esta razón, los tuberculosos en primer término, los catarrosos, los enfermos del corazón, los diabéticos y todos los que padecen algún proceso crónico de entraña noble son sus víctimas, sobre todo los que además de crónicos son ancianos”.

La definición de los grupos de mayor riesgo no difiere de la referida al coronavirus un siglo después. Tampoco las explicaciones sobre el contagio: “La enfermedad es debida al bacilo de Pfeiffer, se propaga por contacto directo, sobre todo en atmósferas confinadas donde haya enfermos. No se propaga por la vía hídrica. Se transmite en algunos casos del hombre a los animales y de los animales al hombre, variando su intensidad según el terreno en el que germina”. Y en cuanto a la proporción de atacados, la autoridad sanitaria estimaba que “no baja del 40% en caso de epidemia”.

Las recomendaciones diferían bastante de las actuales. Ni se mencionaba la cuarentena ni mucho menos el aislamiento, salvo para señalar que “el aislamiento sistemático de los enfermos no es una medida eficaz para evitar la enfermedad, aun cuando es conveniente procurar que solo se pongan en contacto con ellos las personas que los atienden”. Frente al confinamiento casero imperativo, principal medida contra el virus actual, las autoridades recomendaban entonces “los paseos al aire libre y la vida en atmósferas que no sean confinadas”.

En ese sentido, figura en Wikipedia el consejo del gobernador de Burgos, Andrés Alonso López de “estar en el campo el mayor tiempo posible porque el aire libre, el agua y la luz son los mejores desinfectantes en esta ocasión”. En contraste, los mandatos vigentes del “estado de alarma” impiden pasear e ir a la playa. La principal recomendación entonces era “la higiene individual y colectiva”. Según el doctor Call, esto incluía el oreo de las casas y la limpieza de las ropas. Por lo demás, a falta de medicamentos, recomendaba “entonar moralmente” a los enfermos, darles “quinina” y otros tónicos, suministrarles aspirinas y dejar al buen criterio del médico el tratamiento en cada caso”.

Eso donde había médico y los ayuntamientos les pagaban (algo), ya que cientos de pueblos de aquella España rural y enriquecida por la guerra europea, carecían de galenos. En Mundo Gráfico clamaba el gran Antonio Zozaya (muerto en el exilio republicano en México) contra la incuria y el desprecio que padecían en aquel país caciquil. “Hace pocos días –escribía el 2 de octubre de 1918– se vio en Zaragoza un espectáculo trascendental o insólito. En ordenada manifestación pública, recorrieron la capital, para hacer patentes sus agravios y reclamar de la opinión pública la protección que las leyes y las autoridades les niegan, más de doscientos hombres serios, dignos, correctos, incapaces de producir trastornos, pero conscientes de su derecho y cumplidores de su deber. Se creerá que la manifestación fue, como de costumbre, fruto de la organización de la clase obrera. No fue tal. Los que se vieron obligados a acudir a este procedimiento de unión de queja para lamentase del atropello y de la injusticia fueron médicos titulares, hombres de estudio, de reflexión y de disciplina universitaria. A su paso por las calles de la población, cundió en ellas, primero, la sorpresa; después, el respeto, y, por último, la adhesión entusiasta”.

Aquel aplauso (diríamos hoy) a unos médicos desbordados por la enfermedad y las carencias era el respaldo a unos hombres (y alguna mujer) que después de consagrar su juventud a los estudios más difíciles y generosos –decía Zozaya–, se encierran en un pueblo que, por su ignorancia, suele serles hostil; viven en él misérrimamente; perciben, cuando la perciben, una remuneración irrisoria; sufren la esclavitud del cacique y la enemistad de cuantos sospechan que la ilustración campesina puede dar al traste con sus explotaciones y abusos. El pensador añadía: “No demandan mejoras de clase, sino que sea efectivo el servicio que a la sociedad prestan. Las deficiencias de la ley de Sanidad y la falta de atribuciones de los técnicos fomentan y sostienen las epidemias. Faltos de independencia y sometidos a la tiranía caciquil, los médicos rurales ven esterilizarse sus más generosos esfuerzos. Y, así, reclaman nuevas y eficaces leyes sanitarias, más en armonía con los tiempos y las necesidades de la vida. La Patria no puede desoírles –concluía– sin atentar contra sí misma e incurrir en una grave, una terrible responsabilidad”.

El riesgo de contagio era elevadísimo, pero las autoridades decidieron no asumir ningún coste económico extraordinario que pudiera afectar a las grandes fortunas ni arrostrar la impopularidad de la suspensión de fiestas, procesiones y corridas de toros. Tampoco cerraron los teatros ni prohibieron mítines ni reuniones sociales. Mundo Gráfico ofrecía las fotos de la infanta Isabel saliendo de la catedral de Barcelona para presidir la procesión de la Vírgen de la Mercè. En el mismo periódico se podía ver a Francesc Cambó soltando un mitin en el abarrotado teatro El Bosque de Barcelona. Y también la plaza de toros de la capital catalana, atestada de espectadores, aplaudiendo la faena del diestro Antonio Calvache. Fomento cerró las escuelas de ingenieros e Instrucción Pública retrasó el comienzo del curso escolar, pero en algunas provincias abrieron los colegios y otras obedecieron a medias. En fin, nada que ver con las decisiones del Gobierno actual de preservar la vida de los ciudadanos por encima de los demás intereses. Por eso entonces, sin alarma oficial, pero real,  murieron doscientos mil españoles.

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